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Ana Milena: “Llegaron tumbando las puertas”

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Con el impulso que me dieron estas organizaciones pude enfocarme más en mi familia. El cambio de vida ha sido muy duro...

Llegaron tumbando las puertas. ¡Salgan ya!, gritaban. Iban armados. Yo saqué a los niños por la parte de atrás de la casa. Ahí hay un barranco profundo. Les dije que nos teníamos que tirar y correr los más rápido que pudiéramos.

En ese momento mis hijas tenían 14,12 y 10 años, y el niño apenas seis. Nos tiramos antes de que nos vieran, ya anochecía y creo que por eso logramos escapar. El niño se alcanzó a romper la cabeza, luego le cogerían diez puntos. Recuerdo que corrimos mucho. Atravesamos varios lotes hasta que llegamos, ya en la madrugada, a la finca de una señora. Le supliqué: “ayúdenos, por favor, dejé que nos quedemos aquí”.

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Pero el miedo ronda cada rincón de estas veredas, y quien escapa de él no vuelve a ser bienvenido. El hijo de la señora salía a trabajar y se ofreció a llevarnos en su camioneta hasta la orilla del río para que nos pasaran al otro lado y pudiéramos salir de la vereda. Así fue, nos dio unos pesos, yo no había alcanzado a sacar nada y terminamos aquí, en Tumaco, porque yo no quise entregarle mi hija mayor a esa gente, ni dejármela quitar por la fuerza.

En la vereda vivíamos bien. Aunque mi marido se había tenido que ir a trabajar a los llanos orientales, con mi trabajo alcanzaba para que cada uno tuviera su cuarto, su televisor, su celular. Incluso hice estudios en trabajo social y cuidado de primera infancia. Levantamos la casa durante 10 años y en la finca cultivábamos lo que luego nos comíamos. Es una sensación extraña, esa de tener que pagar por un limón o por un plátano en el mercado, cuando antes sobraban y teníamos que regalarlos a los vecinos para que no se perdieran. Ha sido difícil dejar esa vida atrás. A veces me dan ganas de devolverme, pero cuando pienso en mis hijas comprendo que tengo que adaptarme.

A Tumaco llegamos en octubre de 2018. Nos recibió mi prima, vivía con su marido. Un par de semanas fueron suficientes para que él comenzara a quejarse por la plata, por la comida. Nos fuimos entonces para donde una conocida de mi prima. La señora dividió su pieza en dos y me arrendó una mitad. Comparte la otra con su marido y su hija. Me cobra 100 mil mensual, lo mismo que gano por limpiar una casa en el centro, aunque siempre me da plazo para pagarle.

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Lo más difícil ha sido el estudio. Al principio ninguno quería ir al colegio nuevo. Querían a sus amigos. Mi hijo menor, cada tanto, me pregunta por Tony, el perro que teníamos en la finca. De a poco se han ido adaptando. La segunda, al principio, no quería ni salir de la casa. En este barrio hay mucha gente que ha vivido lo mismo que yo, familias desplazadas por la violencia, o por estar en contra de ella, y por eso contamos con el apoyo de algunas fundaciones. Nosotros recibimos atención psicosocial con las personas que trabajan en Alianza por la Solidaridad, Médicos del Mundo y Fundación PLAN. Logramos que en unos meses mi hija saliera de la casa. Ha tenido buenos resultados en el colegio y hasta formó un grupo de amigos con unos niños que viven aquí arriba. Mis hijos se están adaptando y no sé si eso hubiera sido posible sin el trabajo de la psicóloga y de todo el equipo que nos visita. Es algo que agradezco todos los días.

Pero soy consciente de que el camino todavía es largo. Mi hija mayor es la que menos comprende. Cumplió 15 justo después del desplazamiento, por eso era que se la querían llevar, y me preguntaba con tristeza por qué no le iba a hacer nada por su fiesta de cumpleaños. ¿Cómo explicarle que si regresábamos se la iban a llevar y a mí me matarían? Ocurrió antes de navidad, así que decidí que, como fuera, a cada uno le iba a regalar algo para el 24.

Con el impulso que me dieron estas organizaciones pude enfocarme más en mi familia. El cambio de vida ha sido muy duro, pero me puse a trabajar en varias casas, limpiando, arreglando, haciendo lo que me pidieran.

Limpiando un ventanal en un segundo piso perdí el equilibrio y, para no caer, me tuve que agarrar de un vidrio que me desgarró la mano. Yo misma me quería hacer la curación, pero la señora de la casa me llevó a urgencias. Le dije al médico que me cosiera sin anestesia. Yo había visto a un señor en la vereda que se había cortado todo el brazo y ahí mismo, en medio del campo, le echaron aguardiente y lo cosieron sin que mostrara algún signo de dolor. Allá se aprende a ser valiente. El médico, impresionado, me hizo caso 10 puntos por dentro y 13 por fuera. Luego me los quité sola.

Yo les digo a mis hijos que tengan paciencia. Que la suerte puede cambiar de un momento a otro. Les digo, por ejemplo, que vean lo que han hecho por nosotros estas organizaciones financiadas por ECHO. Nos han brindado un gran apoyo con la psicóloga, con los kits de higiene que nos entregaron y hasta con el filtro de agua, en este pueblo donde no hay acueducto. Aprendimos a consumir agua en mejores condiciones para no enfermarnos tanto. Cada noche les digo a mis hijos que la suerte cambia, así la abogada de la organización siempre me repita que no es suerte, que estos son mis derechos. De a poco aprendo. En fin, por ahora nos toca dormir a unos encima de otros y toca guerrearla cada día, pero yo sé que esto va a cambiar, que vamos a tener una casita en el centro, o un lotecito y cada uno con su cuarto y su televisor, así como estábamos antes. Por lo pronto, quiero que ellos se preparen y que terminen de estudiar.

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